En el capítulo anterior el Alter Rebe explicó dos niveles generales de amor a Hashem: “Amor que surge del mundo” y “Amor profundo”. A su vez, cada uno de estos niveles es diferente en cada persona: dependiendo de cuánto entendemos a Hashem, cuánto pensamos sobre Él, etc., variará la forma en que sintamos esos niveles de amor.

Pero en este capítulo el Alter Rebe explica que hay niveles de amor a Hashem que son iguales en todas las personas, porque, en realidad, son una herencia de nuestros patriarcas. O sea, estos tipos de amor a Hashem están dentro de todo judío, simplemente por el hecho mismo de ser judío.

El primer tipo de amor a Hashem que el Alter Rebe explica lo podríamos llamar “Amor vital”. Es como amar nuestra propia vida. Cuando pensemos en que Hashem es la fuente de nuestra vida misma, nos daremos cuenta de que así como amamos nuestra propia vida, también amamos a Hashem. Y cuando Lo amemos, querremos estar con Él, y eso (estar con Él) se logra a través del estudio de Torá.

El segundo tipo de amor a Hashem es como el de un hijo, que ama a sus padres y se sacrifica por ellos con todas sus fuerzas. Esta es la forma en que Moshe amaba a Hashem. Nosotros también podemos llegar a este amor (porque hay una chispa de Moshe dentro de nosotros que ayuda a que se revele este amor) cuando pensemos en cómo Hashem es nuestro verdadero Padre, porque así como nuestros padres nos dan vida y nos mantienen, Hashem da vida a todo el mundo entero, y lo mantiene, Hashem es la verdadera Fuente de vida. Y como buenos hijos, amamos a nuestro Padre.

Pero puede surgir un problema: puede ocurrir que pensemos mucho en estos asuntos y, sin embargo, que no sintamos nada en el corazón. ¿Acaso nos late el corazón más fuerte cuando pensamos en estas cosas?… El Alter Rebe dice que no nos preocupemos, porque Hashem unirá ese pensamiento a la observancia de las Mitzvot y el estudio de Torá (como explicó en el capítulo 16). Nuestro trabajo es acostumbrarnos a pensar en estos asuntos mucho tiempo y así, estos niveles de amor a Hashem se revelarán en nuestro corazón.

Por supuesto, el objetivo del amor a Hashem es que sirva como motivación para cumplir las Mitzvot y estudiar Torá por amor a Hashem (y también el temor está incluido en ese amor, o sea, el temor a separarse de Hashem). Sólo que el segundo nivel, el que es como un hijo amando a su padre, tiene un punto adicional: es impresionante pensar en que, al estudiar Torá y cumplir Mitzvot, efectivamente estamos generando una enorme alegría a Hashem (Ver en el capítulo 31 sobre este tema).

(Para entender lo que el Alter Rebe explica ahora, hay que tener bien claro lo que ya explicó en el capítulo 39). De acuerdo a la motivación con la que cumplimos una Mitzvá y estudiamos Torá, esa Mitzvá y esa Torá se elevarán a un mundo espiritual o a otro: cuanto más elevada sea la motivación, tanto más alto llegará esa Mitzvá o estudio de Torá.

Cuando cumplamos una Mitzvá como resultado de alguno de estos tipos de amor, si ese amor quedó sólo en nuestro cerebro, es decir, pensamos en Hashem (como Fuente de vida o como nuestro Padre), esa Mitzvá se elevará al mundo de Formación. Pero si ese amor llega hasta nuestro corazón y lo sentimos, esa Mitzvá se elevará al mundo de Creación.

El Alter Rebe concluye con una advertencia: no pensemos que, al tener por naturaleza amor a Hashem como herencia de los patriarcas, no es necesario trabajar en desarrollar “Amor que surge del mundo” (explicado en el capítulo anterior). Porque el “Amor que surge del mundo” tiene una ventaja muy grande por sobre estos amores “naturales” (como el oro es más importante que la plata): el “Amor que surge del mundo”, al surgir de la meditación en la grandeza de Hashem, es como un fuego ardiente en el corazón, y ese fuego nos dará un enorme entusiasmo en el estudio de Torá y observancia de Mitzvot.

Más aún, es importante meditar en la grandeza de Hashem (y desarrollar “Amor que surge del mundo”) porque justamente esa es nuestra misión: Hashem creó nuestro cerebro para que lo usemos para pensar en Él.

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