A lo largo de la vida el ser humano pasa por diferentes etapas que presentan desafíos complejos, que requieren una preparación importante para superarlos.

Todos estarán de acuerdo que el ser padre o madre son uno de estos desafíos. Esto implica que sus límites individuales se rompen para poder dedicarse al hijo. Es decir, el tiempo que se dedican exclusivamente a sí mismos o a su pareja se reduce para acomodarse a las necesidades del nuevo integrante de la familia.

Este es el orden natural de la vida, aunque no el más fácil. Dejar de lado los propios intereses por los de otro no es fácil tarea. Primero uno se casó, con lo que ya introdujo una nueva dimensión en su propia vida, teniendo que ocuparse no sólo de sus propios asuntos sino de los de otra persona. Luego vienen los hijos, en donde aparece otra dimensión más profunda de entrega al prójimo.

Es interesante pensar que la educación judía contempla estos pasos desde la más tierna edad. Uno de los fundamentos de la vida judía es aprender a pensar qué es lo que Di-s quiere de mí, y no tanto que es lo que yo quiero de Di-s.

Desde la más tempana edad, comenzamos a prepararnos para los mayores desafíos de nuestra vida entera.

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