La sección de esta semana comienza con la Mitzvá, el precepto, de las primicias, bicurím en hebreo. En pocas palabras, se trata de llevar al Templo en Ierushaláim, una vez al año, generalmente antes de la fiesta de Shavuot, los primeros frutos del campo. De aquí su nombre, primicias, en referencia a los productos del campo.

Una vez allí, la persona debía recitar ciertos pasajes de la Torá que relatan algo de la historia del pueblo judío y terminan expresando el agradecimiento a Di-s por haberle dado una buena tierra y buenos frutos. Luego se entregaban esos frutos al cohen (sacerdote) quien los comía.

Ahora bien, del producto del campo que creció luego de haber arado, sembrado y demás trabajos en la tierra, se debía tomar lo primero y mejor y, en lugar de beneficiarse de ello, se debía transformarlo en algo santo, a través de dárselo a un cohen. Aquí podría aparecer una queja: luego de tanto esfuerzo que se invirtió, aún si se debe dar una parte a asuntos santos, ¿por qué debe ser la mejor y más linda? ¿No alcanza con donar alguna otra parte?

Sin embargo, cuando la persona medita en esta pregunta, se dará cuenta de que la raíz de la misma proviene de una falta en la fe en que los frutos de la tierra fueron dados por Di-s.

Nuestros sabios acuñaron la expresión "cree en el Eterno Viviente y siembra" . Para entender esta expresión y, a su vez, la motivación de la queja del productor al traer sus primicias, debemos analizar qué ocurre en la mente del productor.

Externamente, vemos que la gente siembra en la tierra y los productos crecen. Más allá de la mentalidad, los sentimientos y la fe del hombre de campo, cuando siembra, crece. Aún una persona que abiertamente niega (Di-s libre y guarde) la existencia de Di-s, cuando siembra, crece. Por el otro lado, el verdadero creyente, siembra porque sabe que Di-s hará crecer el producto del campo, claro, a través de la tierra, los minerales y demás canales de la naturaleza preestablecidos en el plan Divino, pero la motivación del verdadero creyente es otra: siembra, porque cree en Di-s.

En otras palabras, el no creyente atribuye el crecimiento del producto a su propio esfuerzo. La naturaleza está, por así decir, forzada a hacer crecer el producto. Hay una fuerza independiente y autónoma que, de forma automática, hace crecer la siembra. Pro el contrario, El creyente sabe que detrás de la naturaleza está Di-s, es solamente una capa de ocultamiento para la Providencia Divina particular sobre cada semilla sembrada. (Cabe aclarar que Di-s bendice el trabajo del hombre, el productor creyente no ganará ni un centavo si no trabaja...).

El resultado es el mismo, el producto del campo crece, pero la motivación es diametralmente opuesta: la fuente de la bendición es el trabajador mismo o Di-s.

Volviendo al cuestionamiento sobre las primicias, es claro que, si la verdadera fuente del producto del campo es Di-s, es lógico que lo mejor le pertenezca a El y sea utilizado para santificar Su Nombre.

Este mismo concepto debe llenar todos los aspectos de la vida, desde la primer respiración al despertarse a la mañana incluyendo el rezo, el estudio, el trabajo y demás asuntos cotidianos: lo primero y mejor le pertenece a Di-s, porque El es quien nos da fuerza para crecer.

"Que sean inscriptos y sellados para bien, para un año bueno y dulce".

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