Dentro de cada cosa que contemplamos, el Mashíaj reside, como el embrión esperando a salir de su huevo. Al ritmo de un diente de león bailando en la brisa, a los ojos de los niños que criamos, en los objetivos que nos proponemos en la vida, en las máquinas que utilizamos y el arte que creamos, en el aire que respiramos y la sangre circulando por nuestras venas.

Cuando el mundo fue creado, dicen nuestros sabios, el Mashíaj era el viento soplando sobre todo lo que sería.

Hoy, aquellos que saben escuchar, pueden oír su voz llamando, ¡No se den por vencidos después de todos estos años! Ya que el fruto de su trabajo y el de sus madres y padres está a punto de florecer.

El sólo escuchar es suficiente para quebrar la cáscara del huevo.

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