El siguiente es un trabajo que me pidieron para un libro que la Municipalidad de La Plata está preparando con historias de cada colectividad que forma nuestra ciudad. La cuestión era escribir historias de la tierra desde donde uno o sus antepasados inmigraron hacia Argentina. Pero esto me generó un conflicto. Y esto es lo que escribí.

Mi tierra

Mi tierra. Inmediatamente surge la pregunta: ¿Cuál es mi tierra? Porque si definimos “mi tierra” como el lugar de procedencia de mis antepasados, podríamos decir que “mi tierra”, corresponde a lugares como Polonia, Rusia, Ucrania y Siria. Pero si definimos “mi tierra” como el verdadero lugar de pertenencia de un pueblo, entonces la tierra del pueblo judío es la Tierra de Israel.

Para explicar esta idea, debemos entender, al menos en parte, la historia del pueblo judío y su misión en la vida.

El pueblo judío nace con el patriarca Avraham, a quien Di-s mismo le promete “A tu descendencia entregué esta tierra” (Génesis 15:18), haciendo referencia a la Tierra de Israel por donde Avraham estaba viajando (en aquella época la tierra de Cnáan).

Luego la misma promesa Divina es hecha a Itzjak, el hijo de Avraham (Génesis 26:3) y a Iaacov, su nieto (Génesis 28:13). Pero no es sino hasta la salida de los descendientes de Avraham, Itzjak y Iaacov de la tierra de Egipto, donde fueron “esclavos en una tierra extraña” (Génesis 15:13) y la posterior Entrega de la Torá en el Monte Sinaí que esta familia se transforma en el pueblo judío.

Un pueblo que nace en medio de un desierto, o sea, no asentado sobre su propia tierra, en medio de una travesía desde la esclavitud hacia una tierra prometida pero que ningún individuo de este “nuevo pueblo” había visto ni vivido en ella. En otras palabras, el nacimiento del pueblo está intrínsecamente ligado a heredar en la práctica, a poblar, una tierra prometida por Di-s a los patriarcas del pueblo.

Continuando con la historia, el pueblo judío ingresa en la tierra, la transforma en la Tierra de Israel, y vive sobre ella por más de setecientos de años, hasta que son exiliados por la conquista del imperio Babilonio. Retorna a su tierra luego de setenta años, permanece en ella por más de quinientos años y vuelve a ser exiliado, esta vez por el imperio Romano. Un exilio que continúa hasta el día de hoy.

Si bien siempre hubo un asentamiento judío en Tierra Santa (¡ininterrumpido por más de 3300 años!) y, hace casi setenta años se fundó un estado judío sobre ella, el hecho de no estar todo el pueblo judío viviendo allí significa que el exilio diaspórico continúa.

Surge entonces, que desde su mismo nacimiento, el pueblo judío viajó por tierras extrañas, añorando y deseando ir o retornar a su tierra.

Esta es la raíz, a mi parecer, del paradigma del pueblo judío que se expresó a lo largo de su existencia sobre la tierra: un pueblo con una tierra concreta, pero que, por una u otra razón, no vive sobre ella.

Una tierra que no solamente es un territorio definido en la Biblia misma (Números 34:1-12) sino que tiene una característica única: es una tierra que cuenta con una supervisión particular de Di-s, como está escrito (Deuteronomio 11:12): “siempre, los ojos de Di-s están sobre ella, desde el comienzo del año hasta el final del año”. Más aún, es la tierra elegida por Di-s para construir Su casa, el Gran Templo en Jerusalén (Salmos 132:13-14). Y es solamente allí donde el pueblo judío puede cumplir su misión, su razón de ser sobre la tierra.

La misión del pueblo judío consiste en la observancia de una serie de preceptos (Mitzvot) entregados por Di-s en el Monte Sinaí. Muchos de esos preceptos sólo pueden cumplirse en la Tierra de Israel, con lo que, si el pueblo judío no se encuentra allí (junto con otras condiciones que escapan a este texto) simplemente no puede llegar a la plenitud de su propia razón de ser.

Esto es, en otras palabras, una forma de ver la impresionante conexión entre el pueblo judío y su tierra: el pueblo elegido por Di-s habita la tierra elegida por Di-s. Y solamente allí puede realmente llegar a su propia plenitud como pueblo y cada uno como individuo.

El ejemplo para comprender esto en forma simple es el de un viñedo. El viñedo no prospera de la misma manera en cualquier tierra, necesita de un clima específico, un suelo determinado y así sucesivamente. De la misma manera, el pueblo judío sería el viñedo del ejemplo, y la Tierra de Israel el suelo fértil donde ese viñedo puede llegar a su máximo rendimiento.

Esta perspectiva de la historia y de la misión del pueblo judío nos ayuda a entender que el judío tiene una relación muy particular con la Tierra de Israel, una relación que lo acompaña a todos los lugares donde va, que inclusive lo acompaña en los rezos diarios, ya que el rezo debe ser realizado en dirección a la Tierra de Israel. Esto indica el anhelo y deseo de vivir allí.

Esto marca una diferencia fundamental al respecto del anhelo y recuerdo de otros pueblos por sus tierras de origen frente al anhelo y recuerdo del pueblo judío por su tierra. En el caso de los otros pueblos, el anhelo y recuerdo es por paisajes familiares, lenguaje, costumbres y tradiciones locales. Pero, en ningún momento, el paisaje, el lenguaje, las costumbres y tradiciones hacen a la plenitud del pueblo o del individuo. Es más, si logran encontrar características similares a los de origen en otras partes del mundo, pueden revivir su lengua, sus costumbres y tradiciones sin muchas dificultades, como vemos, por ejemplo, las colonias alemanas en el área de Bariloche.

Diferente es el caso del pueblo judío. No hay otra tierra que pueda reemplazar o aún simular ser la Tierra de Israel, por su carácter de tierra prometida y elegida por Di-s.

Sin embargo, cuando el judío se asimila y busca asemejarse al entorno donde vive, se olvida de esta profunda relación con su tierra y confunde sus propias costumbres y anhelo por retornar a esa tierra, y las cambia parcialmente (y a veces por completo) por las costumbres locales. Entonces adquiere costumbres ajenas a su esencia, cambia su lengua, su forma de vestir y ¡hasta los nombres que da a sus hijos! En general, se transforma en un habitante más de su tierra actual.

Pero en lo más profundo de su ser sabe que no pertenece al lugar donde se encuentra y ese concepto, a veces consciente y a veces subconsciente, le da al judío fuerzas para continuar identificándose como tal, aún bajo las condiciones más desfavorables.

Por muchos años en el pasado y en muchos lugares del mundo le fue prohibido al pueblo judío observar sus leyes. Prohibición que vino acompañada de persecuciones y masacres. Sin embargo, hoy en día, en esta tierra fértil que es la Argentina, el pueblo judío, así como tantos otros, cuenta con absoluta libertad para cumplir con sus leyes.

Esto es a nivel macro. Lo mismo ocurre a nivel micro, en nuestra ciudad de La Plata. En muchas oportunidades y a lo largo de muchos años pudimos ser testigos de la buena voluntad y ayuda concreta de los dirigentes de nuestra ciudad para facilitar la libertad de religión.

Quiera Di-s que este esfuerzo tan valioso por recordar las tierras de origen de cada colectividad que habita nuestra ciudad sirva para que cada uno pueda revivir sus raíces y podamos darnos cuenta de que, al fin y al cabo, todos los seres humanos somos hijos del Primer Hombre y la Primera Mujer, todos surgimos del mismo lugar y, cada uno con sus leyes, costumbres y tradiciones, vamos hacia el mismo lugar.

1 comentario en «Mi tierra»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

trece − 6 =

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.