La parashá de ésta semana se llama Kedoshím - Santos, donde Di-s dice al pueblo judío "Sean santos, porque Yo soy Santo".

El concepto simple de una Mitzvá es que hay un metzavé - mandatario – y un metzuvé - mandado, dos entidades diferentes, separadas, donde una demanda de la otra una acción determinada. El mandato en sí genera una relación (si antes no la había), pero nada más. Sin embargo, el concepto judaico de una Mitzvá va más allá todavía: el mandato mismo es es la fuerza de su observancia, es decir, el hecho de que Di-s nos mande a hacer tal o cual cosa, nos da la fuerza para poder cumplir con ese mandato. En éste contexto la evaluación de cada Mitzvá consiste en si la persona va a utilizar las fuerzas que Di-s le da para cumplirla o no (y no si va a tener la fuerza para hacerlo o no, porque al haber recibido la Torá automáticamente se nos dio la fuerza para cumplirla, como explicado).

A la luz de éste concepto podremos entender que si Di-s nos pide ser santos, nos da la fuerza para poder serlos. Pero: ¿qué quiere decir ser santo?

Para responder la pregunta, no tenemos más que mirar en las palabras de la Torá: si bien hay varios preceptos de ésta parashá que son incomprensibles (como las leyes de pensamientos durante el sacrificio (pigul), no vestir lana y lino, y otros), la mayoría son muy simples de comprender: dejar una parte del campo para alimentar a los pobres, no prestar falso testimonio, no jurar en falso, no robar, no maldecir a las personas, ser justos en el juicio, amar al prójimo, no odiar al prójimo, no vengarse, no cometer incesto, entre otros.

Esto nos lleva a entender que la santidad se encuentra en las cosas más simples de la vida, ¡en tan sólo no odiar a otra persona! ¿Cómo nos damos cuenta? Porque Di-s dice al comienzo de la parashá y al final de la parashá la misma frase: "sean santos", por lo que es obvio que todo lo que está en el medio ¡es la definición de santidad!

Es hora de que nos demos cuenta de que el judaísmo no exige hazañas ni proezas, ni físicas ni espirituales, sino sólo que seamos santos...

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